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En la primavera del año 1209 partió una expedición militar dirigida por un legado pontificio contra una región del sur del reino de Francia. La empresa guerrera tenía como objetivo erradicar por la fuerza un movimiento disidente del cristianismo que, según Roma, amenazaba a la Iglesia católica y a sus fieles. Puesto que los reyes y príncipes se desentendieron del asunto, el papa Inocencio III se comprometió a hacer una “guerra justa” contra los cátaros, equivalente a la que se desarrollaba en Tierra Santa para la liberación de la tumba de Cristo. Pero las causas del conflicto no fueron exclusivamente espirituales sino también políticas.

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